
APOSTOLADO AMBIENTAL
Estando los once reunidos en la montaña donde Jesús los había citado les dijo: "Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo os he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo." (Mt 28, 18-20).
La Iglesia nace de la acción evangelizadora de Jesús y de los Doce. Es el fruto deseado: "Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos". Así lo fue viviendo la Iglesia primitiva, y después de Pentecostés, encabezados por Pedro se lanzan a la tareas encomendada por el Señor. "Los que recibieron su palabra se hicieron bautizar; y ese día se unieron a ellos alrededor de tres mil... Y cada día el Señor acrecentaba la comunidad con aquellos que debían salvarse". Así se va formando la comunidad. Desde entonces la Iglesia ha procurado por todos los medios llevar a cabo esta misión que el Señor le ha encomendado: en los comienzos, Pedro y Juan ante el Sanedrín, Esteban ante los miembros de la sinagoga de "Los Libertos", Felipe junto al funcionario etíope, Pedro ante el centurión romano, Pablo y Bernabé ante los paganos, Santiago en Jerusalén, Pablo en el Areópago, en Corinto, en Éfeso, ... , y en Roma.
A lo largo de la historia, toda la Iglesia ha anunciado con valentía que Cristo es el único salvador, y no ha sido con palabras sino con el precio de la sangre de muchos de sus hijos.
Así en el transcurso de todo el primer milenio, las primeras generaciones cristianas expandieron el Evangelio como Buena Noticia de Salvación, con sus palabras y con su vida, ofreciendo como primicias de la evangelización, el testimonio de los mártires; patrimonio de santidad que fecundó los orígenes de la tarea apostólica de la Iglesia. Con gran cariño y admiración veneramos muy particularmente de esta época el modelo evangelizador de Juan apóstol (hoy patrono de los muchachos), el testimonio martirial de Inés, de Tarcisio y de Sebastián (hoy patrono de los aspirantes y de los muchachos), la vida ejemplar de Elena, custodia y defensora de los santos lugares (hoy patrona de las mujeres adultas).
También durante el segundo milenio, la tarea evangelizadora se ha visto enriquecido por testimonio de santos heroicos y de nuevos mártires. Veneramos de este milenio a María Goretti, mártir, Domingo Sabio, confesor (hoy patrono de los y las juveniles); a Teresita de Lisieux y Catalina de Siena, hoy patrona de las mujeres jóvenes. Y a esta lista podríamos agregar numerosos miembros de acción católica que contribuyeron con su testimonio a la irradiación del Reino, como la canonizada en estos días Gianna Molla, el beato Pier Giorgio Frasatti, etc.
Como podemos ver, nuestro testimonio no es secundario, sino que tiene un valor salvífico que requiere ser descubierto cada vez con mayor profundidad.
A partir del Concilio Vaticano II, el Pueblo de Dios tiene conciencia creciente de que, por la incorporación a Cristo en el bautismo estamos llamados a irradiar su evangelio con el testimonio de la vida y la transmisión de la Palabra. Así nos no recuerda el rito del "Éfeta": después de haber sido ungidos con el Santo Crisma e iluminados con la luz del Cirio Pascual se nos dice: "El Señor Jesús que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos te permita, muy pronto, escuchar su palabra y profesar la fe para gloria y alabanza de Dios Padre".
El espíritu guía la acción católica de la Iglesia y hace de los bautizados testigos y profetas "infundiendo en ellos una audacia tranquila que los empuja a transmitir a los otros la propia experiencia de Jesús y la esperanza que los anima. El Espíritu les da la capacidad de testimoniar a Jesús con valentía".
Desde siempre la Iglesia ha intentado vivir aquel mandato de Jesús antes de su Ascensión y permanentemente impulsa a sus hijos, invitándolos a impregnar todas las comunidades y los ambientes donde viven, de la Buena Nueva de Jesús, pues "no constituye para la Iglesia algo e orden facultativo: está de por medio el deber que le incumbe, por mandato del Señor, con vistas a que los hombres crean y se salven. Sí, este mensaje es necesario ... No admite indiferencia, ni sincretismo, ni acomodos. Merece que el apóstol le dedique todo su tiempo, todas sus energías, y s es necesario le consagre la propia vida.
"La Acción Católica como institución eclesial, tiene la misión de evangelizar y esta finalidad es la que determina su modo de inserción en la Iglesia, su estilo de vida y organización. La evangelización es el principio operativo de la A.C. al igual que el de la Iglesia, y por tener el mismo fin apostólico general, la A.C. existe para evangelizar (Proyecto Institucional).
La misión de la Acción Católica surge de un compromiso más radical adquirido en nuestro bautismo, estamos llamados personalmente por Cristo a crecer en santidad y hacer posible su presencia en los hombres y en la historia. De forma mas particular los militantes de nuestra institución estamos llamados a esta vocación a la santidad, así lo expresa nuestro Proyecto: "... ciertamente la Acción Católica ama al mundo, pero con un amor que recibe inspiración en el ejemplo de Cristo. Su modo de servir al mundo y de promover los valores del hombre consiste primariamente en evangelizar, en coherencia lógica con la convicción de que en el Evangelio se encierra el poder más estremecedor, capaz de hacer verdaderamente nuevas todas las cosas...".
Todos, y cada uno de nosotros, debemos ser los artífices de esta última aseveración. Si Cristo resucitado no se deja ver mediante nosotros ¿a quién queremos convencer de nuestro mensaje?.
La nueva evangelización supone el tránsito de un camino donde agente y destinatario participan de un proceso de interacción en el que se ven mutuamente implicados; un itinerario donde lo propuesto al destinatario -interlocutor es vivido anticipadamente por el agente-evangelizador, y donde la respuesta del interlocutor enriquece y transforma la vida del evangelizados; donde el evangelizado evangeliza a la vez.
Por ello "... el miembro de Acción Católica está llamado a impregnar del espíritu evangélico las estructuras de la vida social, mediante la presencia activa y asumiendo opciones válidas en los diversos ambientes, comunidades, sociedades intermedias del tejido social donde le toque actuar..." (Proyecto Institucional, pág. 30)
Monseñor Zaspe nos recuerda las palabras de Pío XII quien, ya en 1950, decía que "debemos rehacer la sociedad desde los cimientos: de selvática hacerla humana y de humana, divina". (Monseñor Zaspe, "Ser joven y vivir el Evangelio", pág. 15).
Observando la realidad que nos toca vivir, este llamado, hoy más que nunca se hace apremiante. Así lo expresó Monseñor Moledo: "... para responder al inmenso y universal amor del Corazón de Cristo, es necesario que estés dispuesto a llegar a lo más extremo de tus ambientes de vida, a los que llevarás Su Amor, pregonando Su Evangelio no solo con tus palabras sino, sobre todo, con tu vida."
"Como Jesús lo hizo durante su vida temporal hazte todo para todos -pobre con los pobres - enfermo con los enfermos - pequeño con los pequeños - pero sobre todo y ante todo, humano en medio de los humanos ...." (Levadura en la masa, pág. 12)
Muchas veces, por la rapidez con la que pasan los días, nos cuesta prestar atención a las necesidades que pasan a nuestro alrededor, y desaprovechamos las oportunidades que nos brinda el Señor de hacer llegar su Mensaje a nuestro hermano.
Como dice el Santo Padre, "... Hace falta reavivar en nosotros el impulso de los orígenes, dejándonos impregnar por el ardor de la predicación apostólica después de Pentecostés. Hemos de vivir en nosotros el sentimiento apremiante de Pablo, que exclamaba: ‘¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!’” (Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte, 40).
"Es necesario un nuevo impulso apostólico que sea vivido como compromiso cotidiano de las comunidades y de los grupos cristianos..." ( Novo Millennio Ineunte, 40).
No podemos escapar nuevamente a esta exhortación, Cristo grita en nuestro corazón este llamado y no hay excusas válidas para retrasarlo. Escuchemos nuevamente a Pablo que exclama ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!. Somos testigos del Amor y esto no se puede callar ni ocultar.
"Como la santa Iglesia en sus principios, reuniendo el ágape de la Cena Eucarística, se manifestaba toda unida en torno de Cristo por e l vínculo de la caridad, así en todo tiempo se reconoce siempre por este distintivo de amor..." (Apostólicam Actuositatem, 8).
La caridad no la podemos falsear ni fabricar. En estas obras nos entregamos auténticamente , por ello Moledo nos dice "... tu caridad será la que nazca de tu unión con Cristo. Tu apostolado será la irradiación de Cristo presente en ti, irradiación de su amor y de su presencia bebidas en la Eucaristía y en el Santo Evangelio."
“El miembro de AC, como todo laico, vive en el mundo pero sin ser del mundo, es quién realiza una tarea inmediatamente temporal, pero no definitivamente temporal porque todo su accionar se mueve en un ámbito de trascendencia, sea en su casa, oficina, escuela, fábrica o negocio. En la medida que sea fiel a su vocación allí donde vive y trabaja irá buscando su santidad. " (Proyecto Institucional, pág. 30 ). Esta búsqueda no es egoísta. Siempre implica, necesariamente, un servicio hacia el otro.
La caridad se funda en la espiritualidad de la comunión, que es ".... capacidad del sentir al hermano de fe en la unidad profunda del cuerpo místico y, por lo tanto, como uno que me pertenece .... es también la capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios.... es saber "dar espacio" al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros, y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias..." ( Novo Millennio Ineunte, 43).
Como hemos venido desarrollando, nuestro llamado es claro y urgente. El motor es la caridad y cada uno personalmente se debe comprometer. "Esta es una tarea que nos hace temblar si nos fijamos en la debilidad que tan a menudo nos vuelve opacos y llenos de sombras. Pero es una tarea posible si, expuestos a la luz de Cristo, sabemos abrirnos a su gracia que nos hace hombres nuevos." ( Novo Millennio Ineunte, 54).